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Pedofilia

 

El pedófilo; El juicio

El pedófilo: el fiscal y los juecesEl fiscal era una mujer joven de 22 años. No escondía su repugnancia. «En primer lugar, se imputa al sospechoso de tener pornografía infantil en su posesión, lo que es un delito muy severo, a pesar de que se trate de una única imagen. Poseer porno infantil convierte a quien lo posee en cómplice de su producción, puesto que la demanda de un producto mantiene en pie su oferta y la hace incrementar. En la producción de porno infantil, se abusa de los niños de las maneras más horribles. Los actos deshonrosos que tienen lugar, causan un daño (mental) irreparable, que deja unas marcas profundas incluso tras muchísimos años. En segundo lugar, se imputa al sospechoso de ser culpable de “ofensa a la decencia” por haber tocado sus genitales y haberse autosatisfecho en los baños para niños de un camping. No sólo se trata en este caso de ofensa a la decencia en general, sino que también provocó mucha inquietud y miedo en un lugar donde van muchos niños pequeños sin la compañía de sus padres. En tercer lugar, se culpa al sospechoso de cometer abusos deshonestos con una niña de dos años. Este es el delito más horrible de los tres que se le imputan. He hablado con la madre de la niña. Según ella, el sospechoso debería ser encerrado de por vida. Sin embargo, el sospechoso niega haber cometido este hecho y la investigación no ha conducido a suficientes pruebas para la imputación, así que pido una sentencia absolutoria en cuanto a este punto». El fiscal estimaba que la ofensa a la decencia y la posesión de porno infantil estaban probados lícita y convincentemente, y exigía una encarcelación de 30 meses. El presidente de la corte, un hombre bajo y delgado con una sotabarba blanca, interrogaba al sospechoso de un modo nada desagradable. «Arjen, has estado en contacto con la justicia con anterioridad. En la actualidad estás en un período de prueba de tres años al que fuiste condenado la vez pasada. Me gustaría saber qué ha pasado exactamente. Estabas en el baño para niños. ¿Y allí te has masturbado?» «No, Su Señoría. Pero sí que levanté mis genitales para poder ver cómo defecaba, y justo en este momento aquel hombre me vio por encima de la puertecita». «¿Has tenido porno infantil en tu posesión?» «Sí, tenía vídeos y discos en mi casa de alguien que quería deshacerse de ellos, porque estaba divorciándose». «¿Los has visto?» «Sí, pero no mucho; no tengo ordenador y la consola está rota». «Pero la policía encontró en tu casa también revistas, pañales y calzoncillos de niños». «Sí, y también han confiscado estas cosas, aunque la mayor parte ya me las han devuelto». «Has declarado que no viste ni oíste a la niña de dos años, pero, ¿cómo puede ser que su madre te culpe de abusos deshonestos?» «Ni siquiera he visto ni oído a esa niña. Yo creo que empezó a llorar antes de que me sentara allí. De cualquier modo, yo no sé nada de ese tema. Tampoco entiendo por qué me acusa la madre. Quizá odie a los pedófilos. La mayor parte de la gente odia a los pedófilos». A continuación, el juez leyó el resumen de un informe de un psiquiatra y catedrático que había evaluado la personalidad y el comportamiento del sospechoso. Según el psiquiatra, el sospechoso tenía un ligero retraso mental, con sus 34 años daba una impresión infantil, había recibido poco afecto durante su niñez, aunque sí que fue malcriado con cosas materiales. «El desarrollo psicosexual alterado y el impulso obsesivo-compulsivo de masturbarse se manifiestan en la pedofilia, autonepiofilia y urofilia», así sonaba la evaluación del experto. «Nos hallamos ante una imputabilidad algo disminuida». El psiquiatra opinaba que una pena de prisión podría tener un efecto preventivo, ya que la vez pasada, el sospechoso había aprendido de su pena. Sin embargo, una pena no era suficiente. Después de la pena, se requería asistencia por parte del servicio asistencial para la reinserción social, así como un posible apoyo farmacológico para frenar su libido. El sospechoso tenía que intentar alcanzar un estilo de vida más equilibrado, para lo que, entre otras cosas, se proponía que encontrara un trabajo en un taller para disminuidos, ya que esto desempañaría un papel importante a la hora de alcanzar el objetivo. Entonces le tocó el turno a la defensa. Estimaba que los hechos relacionados con la ofensa a la decencia y la posesión de porno infantil estaban probados. En cuanto a la ofensa a la decencia, quería indicar que el sospechoso no anhelaba cometerla, sino que fue sorprendido por alguien que era suficientemente alto como para poder echar una mirada por encima de la puertecita del baño. En cuanto a la posesión de porno infantil, quería aclarar que antes, el fiscal se había referido a las consecuencias más extremas y horribles de la pornografía infantil, pero que todo tiene su lado positivo, y en este caso, la pornografía podía evitar abusos sexuales. En cuanto a la acusación de abusos deshonestos con la niña de dos años, la defensa señalaba que no existía ninguna indicación, sólo la acusación por parte de la madre de la niña, que se acordó del incidente que había tenido lugar en el baño sólo cuando, momentos después, se había iniciado la agitación social en el camping por la captura del sospechoso. El hecho de que la niña estuviera llorando también pudo deberse a haber sido dejada sola por sus hermanitos. Por lo tanto, la defensa pedía, igual que el fiscal, una sentencia absolutoria en cuanto a la imputación al sospechoso de abusos deshonestos. Dos semanas después, el juez condenó al sospechoso a 21 meses de prisión preventiva, y decidió que siete meses de esta condena no se cumplieran, bajo la condición de que no cometiera ningún hecho delictivo durante tres años y que se comportara durante estos tres años de acuerdo con las instrucciones del servicio asistencial para la reinserción social.

Lo que más me llamaba la atención de la sala de audiencias era el silencio y el orden formal. Aquella moderna sala me recordaba a una iglesia. Las estrechas vidrieras hacían que uno levantara la mirada automáticamente hacia ellas. En el lugar del altar estaban sentados unos jueces, en lo alto de un podio, vestidos con unas togas parecidas a las de los curas. Detrás de los jueces, y muy en lo alto, colgaba un cuadro grande de la reina de los Países Bajos. Me dio la impresión de que encima de este cuadro flotaba Dios. La audiencia se parecía a una misa de honor, con un ritual propio, sitios reservados para los personajes principales, y un orden de los eventos preestablecido, con silencios respetuosos rotos por una sola voz a la vez.
El sospechoso estaba sentado en el nivel inferior, llevaba unos vaqueros viejos, un jersey sin forma, zapatillas de deporte, y desprendía un aire de pobreza. Detrás de él estaba su abogado, que con su toga parecía un cura dando misa. Sentados cerca de las paredes, había unos cuantos policías con caras inexpresivas.
Impresionado, pensé que todo eso era una muestra de civilización, también pensé en la cantidad de personas cultas y especializadas que se habían juntado en la sala, y en la cantidad de archivos llenos de informes de expertos y atestados de investigación policíaca ejecutados acorde a las reglas. Esto es, pensé entonces, la esencia del estado de derecho, el hecho de que se haga tanto esfuerzo para poder llegar a un veredicto correcto y justo sobre los supuestos actos cometidos por el acusado. Si no hubiera un estado de derecho, entonces, reinaría el caos, el derecho del más fuerte, o quizá ya se habría linchado a este sospechoso.
Pero justo después pensé que el estado de derecho se mantiene, sobre todo, a si mismo en pie. Aquí no se trataba en primer lugar, o principalmente, del sospechoso. En realidad, el juicio era la confirmación de, y el control del orden social y político. El poder reinante estaba en un juicio consigo mismo. Claro que el sospechoso tenía una función esencial, pero sólo para justificar y nutrir el juicio. El sospechoso desempeñaba el mismo papel que un paciente ingresado en el hospital, o el alumno en la escuela, o el anciano en la residencia para la tercera edad, o el creyente en la iglesia. El lado humano del sospechoso no tenía importancia. En la industria jurídica, en la que se tiene que ganar dinero, el sospechoso es un cliente, un consumidor esencial. Y no puede tener importancia que este sospechoso tenga un aire de pobreza o de descuidado.
Al oír al juez preguntar al sospechoso si se había «masturbado» en los baños públicos para niños, pensé que también allí había penetrado la franqueza sexual. Miraba a los otros jueces, a los policías cerca de las paredes. No pude saber lo que estaban pensando viendo sus caras. ¿También ellos estaban teniendo recuerdos muy fugaces de experiencias secretas de masturbación en el baño? No lo sabía, como ellos tampoco lo podían saber de mí. Pero nosotros no corremos riesgo. Como si de un rito se tratara, nuestro secreto se trasladó a la figura del sospechoso y se le declaró culpable. Supuestamente, se masturbó en el baño para niños. Alguien, un padre con un hijo, dijo que lo había visto. El sospechoso lo negaba, pero él es el sospechoso. En su caso, la masturbación es sospechosa, calzoncillos y pañales en su vivienda son sospechosos, porno infantil en su vivienda es sospechoso. Es cierto que fue muy tonto que le pillaran. En realidad, no había hecho nada, pero sí que le pillaron, y él era el sospechoso y por eso le tenían que juzgar, y a nosotros no.
Cuando se fue, esposado y entre dos policías, miró hacia atrás para ver a sus padres en la sala, y les preguntó alzando la voz si vendrían a visitarle.

Dik Brummel

 

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