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Pedofilia

 

El pedófilo; El interrogatorio

El pedófilo: un policía interroga al sospechosoDespués de decir al sospechoso de qué se le acusa e indicarle que tiene derecho a no responder, éste declaró: usted me lee en voz alta una parte de la denuncia. Usted lee la parte en la que se da una descripción de mi físico y en la que se cuenta que un hombre deja orinar a una niña y que después le cambia el pañal. Después, usted lee en voz alta que este hombre me ve sentado en el váter y que me ve con el pantalón abierto y colgando por mis caderas. El hombre dice que vió mi pene desnudo y que vió salir semen de mi pene y que el semen acabó en mi camisa. Usted me pregunta qué quiero decir al respecto. Según esta historia, se debería haber encontrado restos de semen en mi camisa y en el váter. Yo, sinceramente, no oí a nadie orinar ni hacer otras cosas. No oí hablar a un padre con su hija. Usted me dice que el hombre que puso la denuncia declaró que vió como me estaba masturbando y como me corrí al final. Usted me pregunta qué quiero decir al respecto. Yo no me masturbé, ni tampoco me corrí. Sólo jugué con mis testículos y mi pene para poder ver cómo defecaba. Usted me pregunta por qué aquel hombre declararía estas cosas. Pues porque todas las personas odian a los pedófilos y porque este hombre me quería echar del parque. Usted me pregunta cómo acabé en los baños de dicho camping. Pues porque tenía que defecar, y busqué el baño más cercano. Entonces, vi de lejos un edificio de ladrillo y pensé «Allí estará el baño» y era el caso. Así que entré en el primer baño que encontré y vi muchas puertecitas. Cuando abrí una de las puertecitas vi un váter muy pequeño. Entonces, pensé que podía tratarse de un baño de niños. Pero pensé «Me sirve», así que me senté y empecé a defecar. Usted me pregunta qué pasó después. Sí. Defequé. Mientras tanto había empujado mis testículos y mi pene hacia arriba, porque quería ver como estaba defecando. De repente, vi dos pies delante de la puertecita. Había mucho espacio abierto debajo de la puerta. Levanté la mirada y vi la cara de un señor. Y mientras levantaba la mirada, el hombre dijo «Ey, qué haces ahí», o algo así. Yo dije «Nada». Entonces, el hombre dijo «Pero qué dices, veo que estás masturbandote, voy a llamar a la dirección». Yo pensé «Para qué tiene que venir la dirección», pero no dije nada más al señor. Pensé «Deja que vengan». Después, ya no pude ver el señor. Se había ido. Yo me limpié el trasero, tiré de la cadena y me dispuse a largarme de allí. Abrí la puertecita y cuando estaba en la sala grande de los baños, cerré la puertecita. Entonces, vi al mismo señor de antes manteniendo cerrada la puerta con la mano. Le dije que mi bus estaba a punto de salir y le pedí que me dejara pasar. El hombre no quiso. Me dijo que me quería mantener allí dentro. Había advertido a la dirección. Entonces, me senté y esperé. Usted me pregunta cuánto tiempo esperé allí dentro. No tengo ni idea. Fumé un cigarrillo, nada más. Simplemente esperé. Poco a poco, había más gente delante de la puerta. Más y más gente. Aquel hombre tampoco dejaba pasar a las persons con bebés. Aquella escena ridícula me pareció divertida. Entonces llegó la dirección. Llegaron tres hombres y se quedaron hablando unos dos minutos con el señor de delante de la puerta. A continuación, entraron todos y sin presentarse me dijeron: «La policía está de camino». Y yo esperé hasta que llegara la policía. Pregunté si no era posible esperar delante, para que los demás pudieran entrar y utilizar los baños. Pero me dijeron que no era posible. Usted me pide que le cuente sobre el recipiente de plástico que encontraron en la mochila negra que tenía conmigo en el momento de mi detención. Es cierto que se trata de mi mochila negra. La había cogido de casa y me gustaría aclarar que metí el recipiente de plástico dentro de mi mochila porque esperaba conseguir un poco de orina. De una señora, o de un niño. Nada más. Usted me pregunta cómo pensaba conseguir la orina. Poniendo el recipiente al lado del váter. Puede ocurrir que una orine como los chicos. Usted me pregunta cuántas veces lo suelo hacer. Una vez al mes. Usted me pregunta dónde lo suelo hacer. En todos los sitios con un baño público. En restaurantes o en cafeterías, no importa donde. Pongo mi recipiente y mientras, me como unas papas. Me pregunta cuántas veces tengo la suerte de conseguir orina. No suelo conseguirla, pero depende del sitio. Usted me pregunta nuevamente si es cierto que los pañales llenos de excrementos y orina me estimulan sexualmente. Sí, es cierto. Ayer conté que me da gusto coger un pañal usado, o escuchar como alguien orina. Usted me muestra un recipiente de plástico con otro recipiente de plástico con una tapa rosa dentro. En el recipiente de mayor tamaño está escrito con rotulador negro «Por favor, deja tu pipi aquí». Ambos recipientes son míos. Ayer hablamos sobre aquel recipiente de mayor tamaño. El texto lo escribí en el recipiente cuando todavía estaba en casa.

Traducción libre al español del atestado de la interrogación original de septiembre de 2003]

Las altas paredes con alambre de espino y las ventanas enrejadas del centro de detención me llamaron aún más la atención en aquel día gris.
Tras la rutina de obediencia habitual llegué a la sala de visita, donde los guardas me condujeron a un espacio cerrado. Los padres de Arjen estaban sentados allí, frente a una separación de vidrio detrás de la cual se encontraba Arjen.
En este sitio era muy complicado hablar. En el espacio vacío, nuestras voces resonaban por el micrófono y el techo, y eran casi incomprensibles. La tensión era mayor que antes. Arjen se comportaba rebelde, como un niño que pide atención. Su madre estaba enfadada y muy preocupada. Con sus dedos jugaba con una bolsa de plástico con moneditas. Es lo único que se puede «importar» para poder comprar tacabo, papas y coca cola, pero todavía no se lo había podido dar por la separación de vidrio entre ella y su hijo. Él la tentaba diciendo que cuando saliera de allí se iría a Tailandia. Y ella le reñía intensamente, diciendo que en casa siempre se pasaba el día tumbado en su cama sin lavarse y fumando marihuana continuamente, y que sólo tenía una persona a la que acudir para pedir dinero. Ya tenía 32 años y ella no quería que se fuera a Tailandia. «Entonces, ¡acabarás en la carcel y de allí no saldrás nunca!» Su corazón materno latía, ella iba a luchar por él, ella iba a hacer cualquier cosa para que su hijo recibiera la inyeción para deshacerse de sus malas tendencias.
El padre estaba allí, pero estaba callado, jugaba con sus dedos, y de vez en cuando murmuraba suspirando «pues si». Su actitud lacónica tuvo una función relajante, como si todo lo que estaba pasando fuera muy normal. La rabia de la madre también se dirigía hacia él. ¡Él era el culpable de todo, porque antes su hijo no era así!
Me preguntaba en voz alta por qué estábamos tan aislados. Nadie lo sabía. Arjen decía que habían encontrado drogas en su sección, pero que él no tenía nada que ver. Sólo sabía que el director decidió que no podía haber más contacto físico entre su visita y él por razones de seguridad.
La madre pensó entonces que sospechaban que ella traía drogas, cuando ella siempre había estado en contra de todo eso. Pensaba que en la decisión tenía que haber influido la visita anterior. Al despedirse, Arjen abrazó a sus padres y me preguntó si me podía abrazar a mí también. Me abrazó y me dió un beso húmedo en la boca. Cuando me marché de allí, vi las miradas de los guardias y me di cuenta de que les pareció asqueroso y sospechoso. Quizá se quejaron de lo que habían visto. Así siempre sospechamos de los demás. La prisión cultiva paranoia.
Arjen contaba que, en una semana, la policía le había recogido dos veces por la noche para interrogarlo. Querían que confesara que había cometido un delito sexual con una niña de dos años que estaba llorando cuando le detuvieron en el baño del camping, lo que había llevado a la denuncia por parte de la madre de la niña. Arjen negaba incluso haber visto a la niña. «No voy a confesar algo que no hice», dijo con firmeza.
Su madre sólo quería una cosa, que le dieran una inyección para curarle de pedofilia. Noté que se empezaba a irritar de que yo sólo escuchara e hiciera preguntas, como si estuviera de parte de la policía. Después, cuando esperábamos fuera mientras el padre iba a por el coche, me empezó a exigir que hiciera que Arjen recibiera la inyección. Le dije que no tenía ningún poder sobre eso. Acordamos vernos de nuevo en una semana y que entonces hablaríamos más sobre el tema.

Dik Brummel

 

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