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Pedofilia

 

El pedófilo; La denuncia

El pedófilo, gente indignada en el campingQuiero poner una denuncia de un delito sexual o de la seducción de mi hija Sanne de dos años. Cometido por un hombre, cuya identidad desconozco, en el edificio de los baños del camping Zeeduin en Warkom el sábado, 23 de junio de 2003 entre las 13.15 y las 13.30 horas. Durante los últimos diez días, hemos alquilado una tienda en el camping ya mencionado. Nuestra tienda está en la plaza K12, justamente enfrente de los baños en cuestión donde Sanne fue molestada por aquel hombre. A dicha hora, acabábamos de volver de un paseo en bici, y mi esposo y yo empezamos a preparar la comida. Puesto que los niños ya conocían los diferentes caminos por el camping, les dimos nuestro permiso de ir al baño juntos, unos cinco niños en total. Los cuatro niños mayores volvieron muy pronto. Pensé que la menor, Sanne, estaba demasiado tiempo en el baño. Al cabo de unos minutos, fui a buscarla al baño. Cuando entré por la puerta abierta, oí llorar a Sanne. Daba mucha lástima, no era nada similar a los lloros de cuando se hace daño o está enfadada porque no le dejamos hacer algo, o porque algo no le va bien. Simplemente era diferente, así que supe inmediatamente que había ocurrido algo diferente con Sanne. Es un sentimiento maternal instintivo. La levanté del suelo y la consolé. El problema es que Sanne todavía sabe hablar poco. Así que, en este momento, era difícil descubrir qué había pasado exactamente. Unos 30 minutos más tarde, de repente, había un tumulto cerca de nuestra tienda. Era alrededor de las dos de la tarde. Nuestra familia estaba sentada en la mesa, cuando nuestra vecina apareció de repente con su hijo menor en los brazos. Estaba muy descompuesta, eso sí que lo vi. Nos decía «Increíble, hay un tío masturbándose en el baño de los niños». La vecina siguió su camino hacia su tienda y unos amigos suyos, que también estaban alojados cerca de nuestra tienda. Entonces, pensé literalmente «Tengo que ir allí, tengo que saber cómo es ese tío». Relacioné eso con que acababa de sacar a Sanne del mismo baño de niños. Así que me fui directamente a los baños y vi que el vecino Joost estaba bloqueando la puerta de acceso a los baños de los niños. Por la ventana pude ver a un hombre sentado en la mesa donde se ponen normalmente las bañeras para bebés. Lo que me soprendió fue que el hombre parecía estar cómodo, liando un cigarrillo. Estaba un poco encogido y tenía entre sus piernas una mochila negra. Mientras estabámos esperando, vi al hombre sacar un bocadillo de su mochila y una lata de coca cola. Tranquilamente empezó a comerse el bocadillo y a beber la coca cola. Nos pareció mucho tiempo de espera hasta que llegó el personal de seguridad. Cada vez más gente acompañaba al grupo delante de los baños de los niños. Todo el mundo decía de todo. Una vez llegaron los de seguridad, llegó la policía. Entonces, la policía detuvo a aquel hombre y se lo llevó. No hubo otra opción, porque algunas personas parecían capaces de hacer cualquier cosa.

Cuando visité por segunda vez el centro de detención, ya estaba preparado para el ritual de poder, y puse, bajo la mirada vigilante del guarda, mi chaqueta, el maletín, el monedero y el reloj en la taquilla, mis zapatos en la cinta, mis gafas en una bandeja, y pasé por la puerta, sin hacer que la alarma sonara por alguna torpeza mía. Tras haber pasado dos puertas, llegué a la sala de visitas donde Arjen estaba sentado en una mesa con sus padres al lado cogiéndole de la mano. Me senté y puse mis manos en las suyas, quedándonos así un rato, íntimamente, sin sentir vergüenza. Arjen siempre disfrutaba mucho de esta hora semanal de atención, y hablaba intensamente sobre lo que había vivido. La dimensión de su caso esaba más clara. No sólo le acusan de haber ofendido a la decencia pública y de poseer pornografía infantil, sino también de haber cometido delitos sexuales con una niña de dos años.
En cuanto a la última acusación, la policía se lo llevó dos veces durante las últimas semanas para interrogarle durante horas. La denucia la presentó la madre de la niña, que estaba alojada con su familia en el camping donde, según otro testigo, se masturbó en los baños para niños. La policía quiso que Arjen firmara una la declaración donde afirmaba haberlo hecho.
«Simplemente admítalo», le dijeron, «por lo menos respetarás un poco a la madre de la niña, ¿no?» Sin embargo, Arjen no quería admitirlo. «No voy a firmar un papel para admitir algo que no hice», dijo.
Su madre nos decía, a mí y a Arjen, que yo podría conseguir que le pincharan para combatir sus tendencias. «La vez pasada, también le pincharon, y entonces todo le fue muy bien, pero más tarde tenía que recibir una inyección del médico de cabecera, pero éste no quiso hacerlo. Decía que le producía asco y que no quería saber nada de él».
Yo le dije que no era médico y que por lo tanto no podría darle una inyección, y que tampoco tenía el poder para conseguir que otro médico lo hiciera. Claramente, la madre se endureció y sacó su mano de debajo de la mía. Yo le dije que sólo estaba allí porque estaba sopesando escribir un libro sobre este tema. La hora pasó rápidamente, y nos mezclamos entre los demás visitantes, un grupo silencioso mayoritariamente compuesto por mujeres y niños, personas normales, igual que nosotros. Volvería en dos semanas.

Dik Brummel

 

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