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Pedofilia

 

El pedófilo; El atestado

El pedófilo, dibujo de un hombre en el váter Pasé las vacaciones en el camping Zeeduin en Warkom. Estaba alojada en una tienda de la marca Neecamp en la plaza 34. El sábado, 23 de junio de 2003, alrededor de las dos de la tarde, entré con mi hija de dos años en el baño para niños del Binnenveld. En la puerta que se ve antes de entrar, pone claramente que se trata del baño para niños. Al decir «baño para niños», quiero decir que sólo hay váteres bajos para niños que se pueden cerrar, pero que por debajo de cada puerta hay un espacio abierto de unos 25 centímetros. La puerta en sí mide unos 1,7 metros de largo y unos 1,6 de ancho. Yo mido 1,95 metros. Además, hay duchas y lavabos para niños que son más bajos que los baños de los adultos. En este momento, miré por encima de diferentes puertas de los váteres para ver si alguno estaba libre y limpio. Como soy muy alto, no me costaba mucho. Entonces, vi a un hombre desconocido sentado en el váter número dos. Vi que la puerta del váter estaba cerrada. Lo vi, porque el cerrojo tenía el color rojo de «ocupado». El hombre tenía la cara delgada y llevaba gafas. También vi que tenía el pelo moreno y corto, y que llevaba barba de algunos días. Tenía un aire de poco cuidado personal. Además, era delgado y llevaba ropa oscura. Su mochila negra estaba en el suelo, a su lado. Creo que él tedría entre unos 35 y 30 años. Estaba repantigado en el váter infantil, apoyando su cabeza en una de las separaciones del baño. Vi que tenía los ojos cerrados, pero que se movía. Me asusté mucho al verle así, no sabía qué pensar. Después de todo eso, dejé a mi hija hacer pipi en el váter número tres. Después, cambié el pañal de mi hija en uno de los taburetes bajos de en medio de los baños. Mientras estaba cambiando el pañal de mi hija, vi los pies y los zapatos del hombre por debajo de la puerta del váter número uno. Tras cambiar el pañal, y cuando ya estábamos saliendo de los baños, volví a mirar por encima de la puerta del váter número dos, porque me extrañó mucho que el hombre estuviera en el baño para niños. A parte de este señor, mi hija y yo, no había nadie más. Las luces estaban encendidas y tenía una buena visión de la sala. Vi que el pantalon del hombre estaba abierto por arriba, pero no pude ver si tenía un cierre de cremallera o de botones. El pantalon estaba a la altura de sus caderas. No pude ver si el hombre llevaba calzoncillos. Tenía su pene erecto y desnudo en su mano derecha y se estaba masturbando. En este momento, vi que el hombre se corría. Quiero decir, vi que había semen en su cuerpo y su camisa. También vi que tensaba sus músculos y se relajaba. Al ver eso, me asusté tanto que dije «¡Guarro, haré que te echen de este camping!». Él se asustó e intentó arreglarse la ropa. Después, salí caminando para cerrar la puerta de entrada de todos los baños, ya que no quería que escapara. Entonces, oí que cogió papel higiénico y que tiró de la cadena del váter. Vi como salió del baño de niños y que intentó salir por la puerta principal, que yo matenía cerrada, diciendo «Si quieres que esta puerta se abra, no hay problema, pero te partiré la cara». Después, vi que el señor fue a lavarse las manos. Al principio el hombre estaba temblando, pero luego le vi más tranquilo liándose un cigarrillo y sacando una lata de coca cola de su mochila negra. Vi que fumaba tranquilamente su cigarrillo y bebía su coca cola, y entonces, fui a pedir ayuda. Poco tiempo después llegó la policía y le detuvieron. Me asustó mucho ver como este señor se estaba masturbando en unos baños públicos, y peor, en unos baños para niños a donde pueden ir niños sin la compañía de sus padres. No se le pidió permiso a nadie para cometer este hecho.

Un día, en medio del verano largo y caluroso de 2003, recibí en mi despacho la llamada de la señora Gemert, desde un pueblo de la provincia neerlandesa de Holanda Septentrional. Su hijo había sido detendio por la policía en Róterdam. Ella no sabía por qué exactamente, aunque sabía que tenía que ver con niños; hacía ya diez años que fue contactado por la policía. En aquel entonces fue defendido por un abogado de la asociación Martijn, pero ya no se acordaba de su nombre. Quería saber si yo sabía el nombre de aquel abogado.
El único nombre que me surgió fue el de Job Knap, y le pregunté si se refería a él. Aparentemente, si que fue él. Sí, Job Knap era su nombre, vaya, qué contenta estaba al saber su nombre. El señor Knap de Ámsterdam, licenciado en Derecho. Hace diez años ayudó muy satisfactoriamente a su hijo. La señora quería saber si tenía su número de teléfono. Sí, lo había buscado mientras hablábamos.Estaba muy agradecida y seguía hablando con el mismo ímpetu con que un náufrago se agarra a una rama flotante. La escuchaba y la padecía.
Su hijo había sido detenido cerca de Róterdam, estaba encarcelado y era interrogado. En dos días tenía que acudir al juez, quien decidiría si le iban a poner en libertad o no. La señora estaba al tanto de los detalles, porque recibió la llamada del abogado de oficio asignado. La señora no pudo entender del todo lo que el abogado le dijo, pero era algo que tenía que ver con la ofensa a la decencia pública. «Creo que ha mostrado sus genitales a unos niños, por lo menos, eso fue lo que hizo la vez pasada». Acordamos que ella me llamara en cuanto supiera de qué acusaban a su hijo y qué iba a pasar con él, a la vez que le prometí que yo también contactaría con Knap.
La misma noche llamé a casa de Knap. Estaba a punto de irse de vacaciones, pero en cuanto volviera, se ocuparía del caso. Se acordaba de la última vez que defendió a este chico, entonces se trataba de «ofensa a la decencia pública», añadiendo que «En si, la ofensa se paga con un ligero castigo o una advertencia. Espero que no encuentren porno infantil, porque hoy en día son extremadamente estrictos con todo eso. Lo mejor sería mantenernos en contacto».
La señora Gemert me llamó de nuevo cuando su hijo ya se había presentado ante el juez. Quien había oído que la policía había registrado su casa, y encontrado pornografía infantil. El juez había ordenado el máximo periodo de prisión preventiva: tres meses y diez días, y le llevarían de su celda al centro de detención. A mediados de octubre, su hijo tendría que presentarse nuevemente ante el tribunal de Róterdam.
«Nuestro Arjen está sufriendo mucho, y me ha pedido preguntarle si usted puede visitarle algún día. Le gustaría mucho hablar con usted. Usted le tiene que decir cúando le quiere visitar, para que él pueda sacar una cita, porque sino no puede entrar, sabe», me dijo.
Una semana más tarde, le visité en el centro de detención. Vi paredes grises altas con alambre electrificado y cámaras de vigilancia. Dentro había tres guardas detrás un vidrio antibalas. Tenía que hablar por un microfóno ubicado al lado de la ventanilla, me quitaron el pasaporte y me dieron la llave de una taquilla. Me dieron permiso de caminar hacia la puerta, donde tenía que esperar hasta que abrieran el cerrojo. Tras pasar por una puerta muy gruesa que dificilmente pudieron abrir, llegué a una sala donde tenía que vaciar mis bolsillos y guardarlo todo en una taquilla. Tenía que quitarme los zapatos y las gafas y pasar por una puerta de control. Allí, podía volver a ponerme las gafas y los zapatos. Tuve que esperar cerca de una puerta, hasta que oí un fuerte sonido indicando que el cerrojo estaba abierto. Entré en una sala vacía y volví a oír el fuerte sonido del cerrojo. Después, llegué a una sala con, nuevamente, tres guardas en un cuarto antibalas, y detrás de este cuarto había otra sala, a la que sólo se podía acceder a través de una puerta de vidrio pesado con cerrojo, y a la que sólo pude entrar una vez me presenté. En la sala de visita, había una docena de mesas pequeñas, de las que la mitad estaba ocupada. Tres personas de una mesa levantaron la mirada, una pareja mayor y un hombre joven delante de ellos. La madre tenía unos 60 años, era robusta, con una boca pequeña que se encontraba en una cara redonda y pálida. Arjen, el chico delante de ella, me sonrió inmediatamente con una boca llena de dientes sucios. Frágil, una fina barba, gafas. Su padre era bajito y achaparrado.
Les dí la mano y me senté. Empezamos a hablar como si nos conocieramos ya. La madre contaba cuán estrictos eran en el centro de detención. Debajo de la mesa había una separación para imposibilitar el traspaso secreto de cualquier cosa. En medio de la sala, en un podio, estaban sentados dos guardas que vigilaban a todos en la sala.

Dik Brummel

 

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